La muerte cotidiana en Pandemia: reflexiones sobre su significado, impacto y tratamiento

Siempre la muerte ha estado presente en la vida cotidiana, pero en medio de la Pandemia se ha vuelto aún más frecuente. Al día 02 de Julio, son 32.809 las muertes por COVID-19 en Chile. Diariamente, se escucha y lee este tipo de números y datos similares por las noticias, por lo que sentimientos de miedo a la enfermedad y muerte habían proliferado a nivel social, sobre todo al inicio cuando poco se sabía, no había vacuna, las alternativas de tratamiento eran muy limitadas y los equipos de salud no estaban preparados para tal demanda de trabajo. Tras la aparición de las vacunas, se ha disminuido el miedo a la enfermedad y muerte, sumado al cansancio o “fatiga mental” como le han llamado las autoridades.

En medio de este escenario, cabe preguntarse ¿cómo se percibe socialmente la muerte?, ¿la sociedad se ha acostumbrado a ella y ha perdido la sensibilidad al respecto? Para la académica del Depto. de Antropología, Antonia Benavente, comenta que los números informados públicamente se han transformado en “listados de muertos”. Se está conviviendo con la muerte individual, donde muchas veces la familia más cercana o -en ocasiones- solo los equipos de salud pueden ver por última vez a las personas enfermas. Antes no se solía hablar de la muerte pero ahora, sin duda, es un tema recurrente que ha afectado a toda la sociedad.

¿Cuál es el impacto social de la muerte?

Marcela Ferrer, académica del Depto. de Sociología, comenta que la muerte ha implicado enfrentarse de manera colectiva a ella a la vez que en soledad, pues las personas suelen morir solas en hospitales o clínicas. Piensa que no es casual que, pese a que la muerte se ha vuelto cotidiana, “no la estemos considerando en la magnitud o impacto que representa. Vivimos en una sociedad que no considera la muerte y la niega. Una de las situaciones que mejor ejemplifica esto, creo yo, es en el tema de los trasplantes de órganos. Las campañas de donación siempre muestran una persona que se puede salvar”.

El(la) fallecido(a) se transforma en un órgano, o en varios órganos, que tienen el mandato de salvar esas vidas. Hay escasa consideración, según ella, acerca de la persona fallecida, su familia y personas cercanas, sobre su necesidad de tener un proceso de despedida en paz, tranquila. Es cierto que se tiene que actuar rápido, que hay muy pocas donaciones y personas que los necesitan, pero cree que si se visibilizara que en eso hay un proceso de muerte como parte de la vida, y no solo exaltar la vida, tal vez se lograría una mayor sensibilidad sobre la necesidad de donar.

“Lo anterior es paradojal si se piensa que la única certeza que tenemos en la vida es que algún día vamos a morir. Dentro de esto, la biomedicina por tradición niega y combate la muerte, como si la muerte fuera un fracaso y no el curso normal de la vida. Desde luego que la tarea de la biomedicina es salvar vidas, pero en no pocas veces esto deriva en situaciones de encarnizamiento terapéutico que solo prolongan una vida por tiempo limitado y con cuestionable calidad”, señala la socióloga experta en bioética. Estas cuestiones dice que son necesarias de reflexionar como sociedad y personas, en términos de cuál es el proceso que se quiere vivir durante los últimos días de vida.

La visión de la muerte en el pasado y presente

Desde la Arqueología, la académica Antonia Benavanete compara y relata que los ritos mortuorios han cambiado naturalmente, mientras que en otros casos no lo han hecho e incluso se ha maximizado, tal es el caso del pequeño Tomás, quien no murió por Coronavirus pero si durante este periodo. Él tuvo un ritual excepcional, recuerda Benavente, donde colocaron numerosos juguetes y ofrendas, generando impacto. El tema de la carroza negra también fue impactante para ella, replicándose en otra muerte cruenta ocurrida en el sur. Un rito que, sin embargo, persiste es la instalación de animitas; también se están instaurando nuevos elementos de la materialidad ligada a la muerte, en contextos principalmente rurales.

Hoy con la Pandemia se evidencia, en general, un mayor cuidado y sentimentalidad en el trato de la muerte, lo que antiguamente no existía. Ejemplo de ello es la Edad Media, época en la cual las pinturas mostraban en detalle los cuerpos. La muerte ha dependido del contexto, momento histórico y religiosidad con que ha sido vista. La presencia del cristianismo ha sido importante, particularmente en el Medio Evo.

Con el descubrimiento de América, se abre la mirada cristiana de la muerte y con ello el hecho que posee otras expresiones, con el Renacimiento se suscitó un cambio radical al respecto. En el siglo XIX y principios del XX, con las pinturas de Goya “aparece ese monstruo que se está comiendo un cadáver (muerte biológica); también están los fusilamientos cruentos de Mayo. Por su parte, en el siglo XX se destacan las pinturas de Picasso como la de Guernica relativa a la Guerra Mundial. Eso fue prohibido en España y recién fue revelada en la época de la monarquía nueva con Juan Carlos de Borbón”, rememora en términos históricos Antonia Benavente.

Gráficamente, la muerte ha sido representada de distintas maneras a lo largo del tiempo, entonces ¿qué imagen podría representar la actualidad? Benavente describe que durante la Pandemia se ha vuelto más privada e íntima la muestra de la muerte. Sin embargo, el presente está marcado por múltiples expresiones y ritos según sus comunidades.

En el caso de una comunidad aymara, por ejemplo, “se lleva a la sede social, allí se produce una especie de festividad, luego se realiza una procesión en la iglesia; más tarde se entierra en el cementerio según ritual católico o no católico, entonces hay allí un sincretismo religioso. Después, se regresa y se desarrolla una nueva festividad, repitiéndose después de un año”, narra la arqueóloga.

“Dependiendo de si somos católicos, no creyentes, judíos o de otra religión, el rito mortuorio varía, por lo que hoy en día nos representan muchos “cuadros””, puntualiza. Asimismo, la muerte ha adoptado diversas connotaciones y sentidos y esto se demuestra en ciertas pinturas y murales del Centro de Santiago que aluden a crisis y conflictos sociales, donde la muerte puede ser social, sin que haya muerto necesariamente una persona.

“Hay que entenderla según el contexto con el cual se le mire y analizar tanto su signo como su significado; puede ser una muerte social, reitero, y no solo biológica”, explica. También existe una muerte sufrida por el COVID que ha causado un dolor permanente, por eso señala que hoy se visualizan muchos “cuadros” y no solo uno respecto la muerte.

Marcela Ferrer concluye que la Pandemia invita a reflexionar sobre la muerte. “Vivimos en una sociedad que niega la muerte y que tiene el ideal de la salud y la juventud como proyecto de vida. Incluso combate el envejecimiento, como si no fuera parte de la vida. Ojalá que la pandemia invite a repensar estos temas”, y añade que esta situación actual podría ayudar a incorporar la muerte como un proceso normal de la vida, y prepararse mejor para ese momento.

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