¿Cómo pueden las universidades contribuir a prevenir el suicidio y generar comunidades que protejan la salud mental de sus integrantes? Esta fue una de las principales preguntas que atravesó el panel de conversación “Prevención del Suicidio en la etapa universitaria”, realizado en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile el 23 de septiembre 2026, en el marco de Septiembre Amarillo, mes de la prevención del suicidio.
La actividad, organizada por el área de Salud Mental Comunitaria de la Dirección de Asuntos Estudiantiles (DAE) de FACSO, reunió a especialistas provenientes de la investigación, la intervención y las políticas de prevención, quienes abordaron los factores de riesgo y protección presentes durante la trayectoria universitaria y, especialmente, el papel que pueden desempeñar las comunidades educativas en la construcción de espacios de cuidado y acompañamiento. 
Al dar la bienvenida, la directora académica de la Facultad de Ciencias Sociales, Lorena Pérez, destacó que se trata de una problemática que interpela directamente a las instituciones de educación superior y que, por lo mismo, no puede ser abordada exclusivamente desde una perspectiva clínica. “La prevención exige un enfoque sistémico e institucional, no solo clínico. Requiere el compromiso de la Facultad en su conjunto, que entienda el bienestar y la salud mental como una condición formativa y no como un asunto separado”, sostuvo. .jpeg)
Asimismo, enfatizó la importancia de fortalecer los vínculos al interior de la comunidad universitaria. “Sabemos que el aislamiento y la soledad son factores de riesgo y que el sentido de comunidad, el saberse acompañado, es un factor protector importante. Por eso la prevención es una responsabilidad compartida”, señaló.
El vínculo como factor protector
Uno de los principales ejes de la conversación fue precisamente la importancia de las relaciones y del sentido de pertenencia. Álvaro Jiménez, académico de la Facultad de Psicología de la Universidad San Sebastián, investigador del Centro de Investigación y Acción en Determinantes Sociales y Salud Mental (CÍADES) y exestudiante de FACSO, planteó que, entre los numerosos factores protectores que pueden identificarse, existe uno particularmente relevante: el vínculo. “Si uno tuviera que nombrar uno, simplemente uno, se quedaría con la palabra vínculo. Vínculos, conexiones, sentido de pertenencia”, afirmó.
Jiménez recordó, además, investigaciones realizadas con estudiantes universitarios en las que sentirse querido o protegido aparecía como un factor protector frente a distintos problemas de salud mental. Desde esa perspectiva, destacó especialmente el desafío que supone el ingreso a la universidad, etapa en la que algunas y algunos estudiantes deben dejar atrás redes previamente construidas y comenzar a establecer nuevos espacios de pertenencia. 
El investigador también llamó a observar las políticas universitarias de manera integral. Medidas concebidas para favorecer el bienestar —como las semanas de receso—, explicó, requieren una adecuada organización académica para evitar que las evaluaciones terminen concentrándose antes o después de esos periodos. “La pregunta real es ¿cómo lo promovemos?, ¿cómo lo gestionamos?, ¿cómo lo favorecemos? ¿Cómo favorecemos que se instalen en esas instituciones relaciones de reciprocidad?”, planteó respecto de la construcción de cohesión y pertenencia dentro de las comunidades universitarias.
Comunidades capaces de acompañar
Pablo Ferrer, investigador doctoral de FACSO en diseño de intervenciones postventivas en Educación Superior y ex encargado del Programa Nacional de Prevención del Suicidio en la Región de Valparaíso, profundizó en la necesidad de contar con comunidades que tengan mecanismos de ayuda conocidos y articulados. “En la medida en que existe una comunidad que tiene canales de ayuda más o menos claros, donde los roles y la comunicación entre los distintos estamentos es adecuada, el percibir que no estoy solo frente a una situación —en este caso una crisis suicida o un aumento de suicidalidad— termina siendo en sí mismo un factor protector”, explicó.
En este sentido, Ferrer destacó que una comunidad educativa protectora no reemplaza el apoyo especializado cuando este es necesario, pero sí puede facilitar la detección del malestar, la búsqueda de ayuda y el acompañamiento de quienes atraviesan una crisis. .jpeg)
Esta dimensión también fue abordada por Ignacio Larraín, coordinador del Programa Quédate de Prevención del Suicidio y Fomento de la Salud Mental del Gobierno de Santiago, quien llamó a promover conversaciones abiertas sobre el suicidio y a evitar explicaciones simplificadoras de un fenómeno que es complejo y multicausal. “El suicidio nunca tiene una única causa”, enfatizó, relevando el papel de las redes sociales entendidas ampliamente: familia, amistades, comunidad universitaria, organizaciones y servicios de salud.
A partir de la experiencia de intervención del programa, Larraín destacó además un aspecto especialmente significativo: el acompañamiento. Según explicó, parte de las personas que llegan a servicios de emergencia por ideación o intento suicida lo hacen sin alguien cercano que las acompañe. .jpeg)
“El factor protector que aparece acá no es solamente el acceso a una intervención de emergencia, sino la presencia de alguien en todo eso”, señaló, destacando que la comunidad universitaria puede cumplir una función que los servicios sanitarios por sí solos no pueden sustituir: estar presentes y acompañar.
Pensar también cómo se organiza la vida universitaria
Desde otra dimensión, Consuelo Trujillo, cofundadora de Fundación Duelo Contigo y Clínica de Duelo, integrante de la Mesa de Prevención del Suicidio de la Región Metropolitana y estudiante de Magíster FACSO, puso atención en las condiciones concretas en que se desarrolla la experiencia estudiantil. 
Trujillo advirtió que muchas veces existen apoyos institucionales —de salud mental, sociales o económicos— que no necesariamente son conocidos por quienes podrían necesitarlos. Por ello, planteó la importancia de fortalecer su difusión y accesibilidad. “Muchas veces las universidades tienen apoyos y los estudiantes no los conocen. A veces hay apoyos en salud mental, o apoyos incluso económicos, también sociales”, sostuvo.
La profesional agregó que la prevención también requiere preguntarse por la manera en que las propias universidades organizan la experiencia educativa: las rutinas, los tiempos de descanso, la distribución de las evaluaciones y las condiciones materiales que enfrentan las y los estudiantes. .jpeg)
“Cómo está pensada la vida universitaria dentro de las universidades también es muy importante”, afirmó, señalando que las políticas universitarias pueden incidir en el sufrimiento de sus estudiantes, pero también constituirse en herramientas para favorecer su bienestar.
Una responsabilidad que involucra a toda la comunidad
Según Irma Ahumada, profesional de la Dirección de Asuntos Estudiantiles, las distintas intervenciones coincidieron en ampliar la mirada sobre la prevención del suicidio: junto con la atención especializada y el acceso oportuno a servicios de salud mental, resulta necesario construir comunidades capaces de generar pertenencia, reconocer señales de alerta, facilitar la búsqueda de ayuda y acompañar.
Como sintetizó Lorena Pérez al inicio del encuentro, académicas y académicos, personal de colaboración y estudiantes pueden contribuir desde sus distintos roles a construir “un entorno que permita reconocer a tiempo las señales de alerta y hacer de la búsqueda de ayuda algo cotidiano y sin estigma”.
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